La cultura organizacional se refleja en lo evidente —la forma de vestir, hablar o trabajar— y en aquello que requiere detenerse a observar: el relacionamiento, la comunicación, la autonomía y la capacidad para conversar.
Lo que no es evidente resulta valioso para quienes trabajan por la transformación, porque allí aparecen los elementos que viabilizan o frenan los propósitos de la organización.
Si el conocimiento está en las personas, obligarlas a transferirlo o ponerlo al servicio de otros resulta difícil y costoso. Es necesario que se apropien de compartir, adquirir, transformar y almacenar conocimiento, y que vean allí una oportunidad para su desarrollo.
Cuando permites que las personas participen en procesos de creación y co-creación, generas relaciones de ganancia compartida.
Coherencia antes que receta.
Debe existir coherencia entre lo que la cultura declara y lo que vive. Convoca, abre espacios de conversación, rompe barreras entre equipos y revisa si los valores, ritos, estilos de liderazgo y comunicación permiten lo que quieres lograr.
No existe una receta perfecta bajo la incertidumbre del comportamiento humano. La organización debe reconocer su cultura e implementar herramientas y metodologías que le permitan conocer su historia, trayectoria y aprendizajes.
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